Dolor, hambre y patera de Bangladés a Canarias

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Hasta que llegó en patera a las costas de Gran Canaria el pasado mes de diciembre, Ramesh -nombre ficticio- había hecho casi 18.000 kilómetros en un durísimo viaje por Oriente Medio y África desde su país natal, Bangladés. Pero las lágrimas solo le asaltan el relato cuando cuenta que los problemas de su familia empezaron con el cáncer que mató a su padre hace unos años. Y no porque se dejaran 40.000 euros en un tratamiento inútil, sino porque se sintieron solos, sin su escudo protector, un profesional “muy apreciado por la gente”. Parece una mezcla de pena y rabia, pero contenida, cerrando los ojos con la mano en la frente, como si no se creyera tanta desgracia junta.

Ahora, Ramesh, está sentado en un café al otro lado del mundo, lejos de la policía que lo iba a buscar a su casa de noche por ser simpatizante del Bangladesh National Party (BNP), en la oposición de un país que avanza económicamente y crecerá al 8% en 2020, pero donde, según Human Rights Watch, la gente desaparece y muere por no pensar igual que la primera ministra Sheikh Hasina, en el poder desde 2009, con denuncias de fraude y ataques a la oposición en las últimas elecciones de 2018.

“Como mi padre había sido del BNP, la policía empezó a acosarme y me cerró el negocio que tenía”, cuenta Ramesh. “Luego comenzaron a ir a buscarme a casa. Así que me marché dos años a la capital, Daca. Solo iba al pueblo a escondidas para ver a mi mujer y a mi madre, que está bastante enferma”, relata. “Pero un día llegó una citación para que me presentara en la comisaría, y mi familia me dijo que me marchara del país”. Era junio de 2019.

Traficantes de personas

Según relata ‘Migration Policy’, en Bangladesh, que tiene una larga tradición migratoria, es habitual encontrar a dalals, traficantes de personas que se ofrecen a llevar a la gente a Europa por unos 14.000 euros. Pero la ruta siempre ha atravesado el Mediterráneo, desde el Norte de África -fundamentalmente Libia- hasta Italia. Según ACNUR, en 2019 llegaron 602 bangladesíes a Italia por mar. “Pero un amigo que vivía en Francia me dijo en Daca que había una forma de llegar a Europa por el Atlántico”.

Según Ramesh, él hizo su propio viaje, parando en distintos países hasta que podía seguir adelante: de Bangladesh a la India en guagua. A Dubai y a Ghana en avión. “Vas a aquellos lugares donde te dan visa. Pero llegar en avión a Europa era imposible”. Cuenta que, en estos tres países, acudía a donde estaba la comunidad bangladesí para que le ayudaran a conseguir el visado. Les pagaba y luego esperaba, aunque a veces tenía que estar varias semanas. “En Ghana también había gente de Bangladesh, comerciantes que vendían electrónica. Pero a partir de ahí, la ayuda bangladesí se acabó”.

De Ghana, la primera colonia africana que se independizó del viejo Imperio Británico, en 1957, liderados por Kwame Nkrumah, figura señera de la lucha anticolonial, marchó rumbo a Burkina Faso, que en mossi, una de las lenguas de ese país, significa “la patria de los hombres íntegros”; el nombre que le puso Thomas Sankara, otro líder anticolonial, pero en los ochenta y con aura de guerrillero cubano. De Burkina Faso fue hasta Níger. “El camino estaba lleno de migrantes africanos. En Níger coincidí con varios en el mismo alojamiento”, relata Ramesh, que se mimetizó con ellos, de repente convertido en uno más. “Allí conseguí el visado para subir a Argelia”.

Pero en Assamakka, que es la frontera, los guardas argelinos decidieron no sellarle el pasaporte. “Por la noche, veinte africanos y yo atravesamos la frontera, caminamos durante diez horas”.
Sin sello en el pasaporte, la policía lo detuvo en Ain Salah, una ciudad-oasis en el centro de Argelia por donde antes pasaban las caravanas de comerciantes del desierto. “Me quitaron el dinero, el pasaporte y el móvil. Y luego pasé tres días en un campo de detención de la policía argelina con otros migrantes africanos”, cuenta. “Nos llevaron al juzgado. Yo hablo un poco de árabe, y el juez me dijo que, después de un mes, podría seguir mi camino y me devolverían mis cosas. En lugar de eso, nos devolvieron cerca de Assamaka, que está en pleno desierto del Sáhara”.

Según la web ‘Alarme Phone Sahara’, una iniciativa de asociaciones de Niger, Mali, Burkina Faso, Togo, Marruecos, Alemania y Austria para defender un proceso migratorio más humanitario, con algunos informantes en el área, la policía argelina abandona a los migrantes en esa zona sin agua ni comida, sin diferencias de sexo o edad. También han descrito casos de gente con problemas mentales por “el shock y el trauma” del viaje y la devolución. En esos días de desierto, cuenta Ramesh, fue agredido por maleantes que lo dejaron tranquilo al ver que no tenía dinero. Pasó hambre y sed. “Luego encontramos un mercado donde nos dieron fruta, agua, alguna galleta”, cuenta. “Estaba con los africanos. A los quince días, dijeron que había que partir de nuevo. Yo no sabía. Hacía lo que ellos me decían”. Esta vez sí lo consiguieron, y la ruta los llevó hasta Orán, Argelia, en guagua. Allí, Ramesh consiguió que un compatriota le prestara 100 euros. “A cambio, mi madre le dio tres cabras en Bangladés a su familia”.

Solicitud de asilo

De Orán, a la ciudad marroquí de Uchda, pasando por la frontera en la clandestinidad. “ Pagué 50 euros y caminé con otras 15 personas durante once horas. Luego nos llevaron a Rabat. Allí fue donde contacté con un tipo que me dijo que me llevaría a Las Palmas por 3.000 euros. Yo no sabía bien dónde estaba eso, solo que era Europa”, cuenta. “Mi familia tuvo que vender un terreno que nos quedaba para conseguir el dinero, me llegó por Western Union”. Dice Ramesh que todavía tiene el viaje en patera a las Islas en la cabeza. De Dajla a Gran Canaria. El bamboleo del barco, los vómitos. “Yo tengo diabetes, no estoy fuerte, los africanos sí que están fuertes”, afirma. “El tipo al que le di los 3.000 euros me dijo que, en 12 o 14 horas, estaríamos en Las Palmas. Y tardamos cuatro días. Yo no hablé, estuve mirando al frente todo el rato, intentando resguardarme del frío”. Lo cuenta y pone exactamente la misma postura, como si siguiera encorvado por el aire del mar.

Hasta que tocó tierra el 19 de diciembre. Lo ingresaron en hospital nada más llegar. Luego, al juzgado de San Bartolomé de Tirajana antes de internarlo en el CIE de Hoya Fría, en Tenerife. Estuvo tres días y volvió al hospital, todavía muy debilitado por la diabetes y el viaje. Ahora lo ayudan dos ONGs, que cuidan de su salud mientras inicia los trámites para pedir la protección internacional. Tiene un latido en el costado y una leve cojera, pero el 28 de enero volverá al médico. “Me están tratando muy bien”, cuenta. “En Bangladés, solo quien tiene mucho dinero vive bien”, dice pensando en su madre, que estos días se encuentra mal. “La situación política es una locura”, cuenta mientras sorbe su café.

El día 23 de diciembre, la policía bangladesí fue de nuevo a buscarlo a su casa. “Lo que no sabían es que yo estaba aquí”. Esta vez sí, Ramesh sonríe.

 

                                                                                                                     Publicado en el periódico Diario de Avisos

                                                                                                                     Autor: Jorge Berástegui (Foto: Sergio Méndez)