Un hogar para los ‘sin hogar’

Recurso Hotel Puerto Azul

María del Mar se pasa el día leyendo. En el bolsillo de su delantal guarda el libro La gente felíz lee y toma café, de Agnes Martín Lugand. Es el tercero, antes leyó uno cuyo título no se acuerda que trata de la llegada de los marroquíes a la Península. “Lo leía y me ponía en su lugar, porque ahora es como si yo fuera uno de ellos, porque me siento como si fuera una extranjera”.

Es malagueña pero lleva 20 años viviendo en el Puerto de la Cruz. Hasta el 25 de noviembre del año pasado tenía su casa, un apartamento en alquiler que tuvo que abandonar porque iban a vender el edificio. Nunca antes había estado en la calle.

“Dicen que si buscas ayuda la encuentras, y yo la encontré”, declara orgullosa. Junto a otras 19 personas que no tenían hogar, ella encontró el suyo en el hotel Puerto Azul, que de manera desinteresada cedió de forma temporal sus instalaciones al Ayuntamiento para que las personas que estaban sin hogar, como ella, encontraran allí el suyo para pasar el confinamiento tras la declaración del Estado de Alarma. El Consistorio decidió que el dispositivo de emergencia que se puso en marcha fuera gestionado por Cáritas Diocesana de Tenerife.

La entidad tiene una unidad móvil de atención en calle y lleva tiempo realizando un diagnóstico sobre las personas que estaban en esta situación. Había un contacto y un trabajo previo que ayudó a poner en marcha el recurso. Se había detectado dónde estaban y cuáles eran sus circunstancias. Algunos ‘sin techo’ ya eran conocidos por el servicio, otras no, pero el coronavirus despertó realidades que, desgraciadamente, no eran visibles para todos y añadió a una situación de exclusión social otra de emergencia sanitaria en la que nadie está exento.

Este periódico habló con Jessica Pérez González, una de las técnicas de esta organización; Angelo Nardone, párroco de la iglesia Nuestra Señora del Buen Viaje, de Icod el Alto; y María Dolores Hernández, voluntaria, perteneciente a la parroquia del Toscal Longuera. Lo hizo en la puerta del hotel, ubicado en la calle El Lomo, para no romper con el protocolo de higiene que se sigue en cualquier establecimiento o vivienda.

Acompañamiento

Los tres forman parte de esta experiencia “enriquecedora”, cada uno de diferente manera pero todos con un objetivo común: ayudar y trabajar con los colectivos más vulnerables. Jessica desde su perfil de trabajadora social, Angelo como uno de los siete sacerdotes que se encargar de hacer las guardias nocturnas, y Loli, como voluntaria, acude dos veces por semana a acompañar, escuchar y echar una mano en lo que haga falta.

Al principio el proceso fue más duro porque todos venían de realidades diferentes y encontrarse allí podía dar lugar a conflictos, por eso había que estar pendiente. Tenían que acostumbrarse a una nueva convivencia y a intentar hacer del lugar su ambiente.

El hotel aloja actualmente a 20 personas, un número que permite mantener las distancias de seguridad exigidas en los espacios comunes. El día a día es variado. Los usuarios y usuarias colaboran mucho en las recomendaciones que se les dan para una buena convivencia. Se preparan el desayuno y la cena ya que al mediodía el restaurante Kafka les lleva el almuerzo, un gesto solidario que tuvo desde el primer día y que mantiene hasta ahora. También se encargan de la limpieza de las instalaciones, tienen un horario para lavar su ropa, otro para estar en las habitaciones, y salen si quieren dar un paseo o tienen que hacer una diligencia.

“La dinámica diaria no da tiempo para mucho porque a la organización y la convivencia, hay que sumarle la gestión de las demandas individuales”, especifica Jessica.

Hijos de Dios

Angelo recuerda que en una ocasión, cuando terminó su guardia, se cruzó con María del Mar en las escaleras y ésta le dijo: “gracias por cuidarnos”. El cura se fue sonriendo y respondiéndose a sí mismo por qué los cuidaban. “Simplemente lo hacemos porque son hijos de Dios, porque cuando nos dijeron quédense en casa, para algunos fue muy fácil pero nadie pensó en quienes no la tenían”.

“Las personas somos muy fáciles para emitir juicios. “Cuando vemos a una persona en la calle podemos culparla, rechazarla y nos olvidamos de su condición de persona, de su historia y de que algo ha pasado para llegar a esa situación. Seguramente ellas no lo han buscado. Por eso hay que enseñarles a abrir los ojos y que cualquiera que se cae se puede levantar. Siguen siendo personas y no se pueden dejar de lado”, subraya.

María del Mar quiere romper el mito acerca de que todas las personas que están en la calle dependen de la droga. “Yo no bebo ni fumo”, aclara. Cuando llegó a Puerto Azul, estaba muy afectada, nerviosa, apenas si dormía y tenía el azúcar descontrolada. Llegó sin nada, hasta la medicación que necesita tomar tuvieron que comprársela. Ahora su ánimo ha cambiado por completo. “No me importa volver a caerme, me levantaré porque gracias a estas personas he cogido la fuerza suficiente para hacerlo”, sostiene.

Apoyo futuro

Aunque no tienen una fecha cerrada para irse de allí, la libertad de movimiento que se permite con las distintas fases les obliga a enfocarse en el siguiente paso del proceso de acompañamiento. “Hay personas que tienen una clara visión de lo que quieren hacer en el corto plazo y otras que piensan más en el largo plazo. En ambos casos tenemos que buscar la manera de apoyarlos para que lo consigan, y para eso hacen falta oportunidades, tanto de trabajo como de vivienda”, indica la trabajadora social.

Justamente el libro que está leyendo María del Mar habla de las nuevas oportunidades, las que encontró la protagonista al perder a su esposo y a su hija en un accidente. Las mismas que esperan encontrar ella y tantas otras personas que no tienen un techo o una familia que los ayuden y que esperan, de una vez, que las diferentes administraciones generen sus propias estrategias para dar una respuesta a un colectivo que busca ser cada vez menos invisible.

La emergencia sanitaria por el Covid-19 ha visiblizado a un colectivo que no se ve o no se quiere ver, los ‘sin hogar’ o ‘sin techo’. “Cuando queda constancia de que hay personas en la calle, lo siguiente no es volver a la misma normalidad, ahora tocan las oportunidades”, subraya Jessica Pérez.

Cáritas ha ofrecido a 20 personas en estos dos meses la parte sanitaria, social, psicológica y educativa de este recurso de acompañamiento, que necesitan ahora opciones para poder seguir adelante.

Según la trabajadora social, un gran porcentaje de los usuarios que han pasado por este dispositivo de emergencia tienen prestaciones económicas y sin embargo no puedan acceder al mercado de la vivienda por las exigencias que se requieren. “Necesitamos oportunidades para seguir acompañando estos procesos, de alquiler y de trabajo”, insiste.

Es el caso de María del Mar, por ejemplo, que apenas pudo salir del confinamiento, se encargó de buscar un alquiler, dado que en este tiempo ha podido ahorrar algo de dinero de la pensión que cobra por tener un 65% de discapacidad. Tiene su nueva casa vista, a la espera de una respuesta.

“La gente puede pasear por el Puerto de la Cruz y no se da cuenta de la realidad. Esto no termina aquí, ahora hay que buscar una solución, también para aquellos que siguen a pie de calle. Ésto continúa porque hay una situación muy seria -que obviamente data de hace tiempo- y buscamos un espacio para seguir atendiendo”, apunta Pérez por último.

 

Reportaje publicado en el periódico «Diario de Avisos» (Autor: Gabriela Gulesserian; Foto: Sergio Méndez)